Embrujo de altura

El sombrero del cocinero es tan grande que parece una de las jorobas del cartel de Pirineos Sur de este 2017. Hay un buen puñado de gente esperando frente al puesto de piadinas. Uno de los clientes lleva gafas finas y redondas de montura negra, mirada azul inquieta y sonrisa directa. Su expresión promete cháchara. Bingo, entabla conversación con el primer hola. “¿Es tu primera vez? Yo me enamoré con 18 años. Me acuerdo del concierto que escuché y de que me dije… ‘Tienes que vivir aquí’, y lo he conseguido, trabajo en el complejo deportivo todo el año”.

Le digo que la zona me parece preciosa y se le pone la misma cara que a un padre cuando le alabas a la descendencia. “Sí, yo acabo de venir de vacaciones y es al llegar a casa cuando digo… Ahora empieza lo bueno”. Se aleja con un par de birras y el taco italiano para buscar un sitio. Toda la avenida que sigue el curso del río Gállego en el pueblecito de Sallent está repleta de puestos de comida, ropa y abalorios, una especie de tablero intercultural que se reúne desde 1992 en el Valle de Tena.

Prendarse de la postal que ofrecen el embalse de Lanuza, las siluetas de las cimas y los prados vallados con estacas de madera es bastante fácil. A ambos lados de la carretera que une los dos centros del festival aparcan coches y furgonetas que coleccionan pegatinas de la ITV. La brisa del atarceder se ha enfurecido para la hora del concierto nocturno: el gentío se apresura para ver a Diego el Cigala. El auditorio todavía no rebosa mientras los teloneros juegan con el flamenco y Leonard Cohen para desvirgar la primera noche del festival. La voz de la malagueña Paula Domínguez es catártica y arropa en una noche más fría de lo deseable.

Después de un rápido montaje de escenario para colocar las percusiones rodeadas de paneles de metacrilato, el piano de cola y demás, el micro pasa a tener protagonista masculino. Sale con chaqueta negra, pañuelo rosado y habla con el técnico de sonido durante casi todo el primer tema porque quiere “más cuerpo”. Sorprende que entabla poca conversación con el público, menos que el grupo anterior , pero no hace falta. Hablan sus quejíos, la Cali Big Band y temas de su trabajo Indestructible, aunque también rescata canciones del disco Lágrimas negras. Estas últimas las han arreglado para vientos y percusiones pero hacen que eches de menos a Bebo y a la intimidad del dúo. Cuando el ambiente ya echa chispas, los coristas bailan entusiasmados y las percusiones se han apoderado de todos los pies, los dejan solos. El Cigala y el buen gusto de Jaime Calabunch, que trata al teclado con cariño y caricias, acaparan los focos y los aplausos más fuertes. Le sigue un último tema salsero y el hechizo acaba de romperse con una voz en off que indica el camino de salida para los coches en varios idiomas. La magia del anfiteatro y las estrellas tienen un día entero para volver a salir a escena con otras caras y otras voces para volver a hacer sonar un embrujo a más de mil metros de altura.

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