Corteza

En abril de 2016 me llevaron a dar un paseo y salí cámara en mano. Hacía calor para ser Semana Santa, pero qué puede esperarse de Murcia… El recorrido terminó en una especie de santuario con una figura de finales del siglo XIX, el Cristo del Carrascalejo, un jardín que no es secreto pero en el que se respira intimidad.

Una vez que te decides a cruzar la cancela te encuentras con un banco, ese día ocupado por un grupo de mujeres en chándal que miraban en silencio la luz de las velas prendidas a pleno día, porque los deseos y las plegarias no tienen hora, tienen prisa.

Después de cruzar un saludo tímido me dediqué a mirar la corteza de los pinos, de la que colgaban aparatos ortopédicos, mechones de pelo o fotografías carcomidas. También había hueco para las cartas o para alguna navaja con poca maña que se había querido asegurar de que el motivo de su visita quedase bien grabado. Capas y más capas de plegarias, ruegos y esperanzas que quizá estaban clavadas con chinchetas para que el Cristo no se olvidase de ninguna y pudiera ir encargándose de todas a la vez.

Y sin decir nada saqué fotos a todos esos porfavores, aquí van unas cuantas.

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