Cerezos

La roja para la tensión. La azul, la del azúcar. María coge las dos pastillas y las pasa con un trago de agua mientras en la radio suena Ser Tafalla. Acaba la tostada y se limpia las migas. Se mira las manos, regordetas y morenas, y detiene los ojos en los dos anillos de su boda, ambos abrazando el dedo anular de la mano derecha. Comprueba la hora en el reloj de la cocina y se dispone a ponerse las deportivas. Sube el pie derecho a una silla y se apoya en la pared para colocarse la primera, repite la operación con la siguiente. Su hija le obligó a comprarlas, a ella no le gustan.

El sol de agosto pesa más. María llega a la orilla del río y coloca el cesto de mimbre sobre una roca plana. Saca la pastilla de jabón del delantal al tiempo que localiza una buena piedra para la faena. Sin querer, mete los pies en el agua helada del Jerte. Deja las alpargatas mojadas en la tapia de un huerto y se remanga para trabajar. Tararea bajito canciones a su Cristo del Perdón. Cuando termina de lavar, coloca la ropa de nuevo en el mimbre, guarda el jabón y va a recuperar sus zapatos. No están. El sol no se ha podido portal tan mal con ellos.

– Al ladrón, que yo lo vea.

Pedro asoma detrás de la tapia con una gorra gris de chulapo, ropa de trabajo y una sonrisa de mal lazarillo.

– No te enfades, María.

– No me hagas enfadar. Las alpargatas.

– Un baile. En la verbena.

– ¿Y no vas a bailar con la de Madrid? ¿No le dijiste el otro día que yo era tu prima? Ea, baila con ella.

– ¿Y tus zapatos?

– Me voy descalza.

Agarra el cesto y vuelve al camino con la barbilla tan alta como puede. Él se ríe y le deja de nuevo las zapatillas en la tapia.

Cierra la puerta de casa, se santigua y mete las llaves en una pequeña cartera negra. Vive en un primero, pero su cadera pide a gritos el ascensor. Todavía es temprano y Tafalla está medio muda. Ella enciende una pequeña radio a pilas al llegar al parque donde pasea, para que el locutor la acompañe en sus vueltas por el caminito de piedras. Veinte vueltas: cinco por cada nieta. De moza, cuando vivía en Madrid, se recorría el Paseo de la Habana tres veces los domingos: por sus padres, por sus hermanos y por su Pedro.

– Mari, ¿habéis salido Juana y tú a hacer la compra ya?

– No señora, ahora vamos.

– Daos prisa que hoy los niños tienen que comer antes y tienes que hacer lentejas. Y ya sabes que hay que tener paciencia con Chabeli y las lentejas.

– Sí, señora.

– La lista está en la cocina, Mari.

En el mercado de Cuatro Caminos, Juana y ella juegan a ser la señora Eva, con su voz de flautín y sus brazos en las caderas. Los dependientes de los puestos del mercado regalan algunos pastelillos a las dos chicas. “Cuidar de nueve hijos, aunque no sean tuyos, cansa”, dice Juana cuando da el primer mordisco al dulce. Suelen sentarse en un parque a medio camino entre el mercado y la casa, debajo de un naranjo. María traga en cada bocado un poco de culpa por cada minuto de más que se les va en la charla, pero luego, por las noches, en la habitación pequeña que comparte con la otra asistenta, se acuerda del parque y de las confituras y hubiera querido pasar allí un rato más.

La Iglesia de Santa María de Tafalla da la una. María apaga la radio portátil, se despide del resto de paseantes y regresa a casa. La diabetes es una mandona y le obliga a comer todos los días a la misma hora. El papel del frigorífico dice que toca arroz con verduras. Se pone un delantal marrón y se lava las manos. Enciende el televisor de la cocina y saluda a Sergio, el cocinero de Saber Vivir. Él está preparando canelones.

– Chico Sergio, los de la dieta mediterránea a mí eso no me lo dejan comer- se ríe.

Vuelve a mirar el papel. No pone nada de que prohibido el tomate frito. “Hecha la ley, hecha la trampa”, piensa, y saca el bote para darle un poco de alegría al arroz.

Después de comer se sienta en la butaca de al lado de la ventana en la sala de estar. Suena el teléfono.

– ¡María!

– Paca, ¿qué tal por el pueblo?

– María, que se ha muerto el Vicente. 

Hablan un poco más y ella se deja caer en el sillón y cierra los ojos con fuerza.

El color negro da demasiado calor en el verano del Valle. Lo ha cambiado por un vestido de flores azules y moradas. Está sentada a la puerta de la casa con su libro de sopas de letras y crucigramas. Mira por encima de la montura de sus gafas rojas para ver si alcanza la respuesta a la 5 vertical. Está tan concentrada que no lo oye llegar.

– Buenas tardes.

Está de pie, con la ropa de faenar y una caja de cartón llena de manzanas.

– ¿Quieres una?

– No, gracias. ¿Te quieres sentar?

– Bueno…

Saca una silla plegable y él se deja caer al compás de un resoplido. Se concentra de nuevo en el crucigrama. La 5 vertical no le sale, y a Vicente no le sale dejar de mirar a María.

No ha dormido bien la siesta después de la noticia. Enciende el televisor. Tiene el mando en la  izquierda y con el dedo índice de la otra mano va cambiando de canal. Recorre toda la TDT y suelta un “Bah” para después hacer callar al aparato. “El Vicente, que el Cristo lo tenga en su gloria”. Se santigua. María echa mucho de menos. A su Pedro, a su José, a sus hermanas, a su madre. Ahora a Vicente. Se levanta de la butaca. No recuerda en qué cajón están los álbumes de fotos. Busca un rato entre los libros de cocina y por fin da con ellos. La primera instantánea es de su Pedro apoyado en el Peugeot 205 color rojo.

Catorce de agosto. Toda Tafalla es una marea blanca y roja. Suenan las charangas, la calle se llena de jotas y los chiquillos quieren montar en el potrillo de la plaza que luce una trenza en la crin. María va vestida con un chándal verde y lleva en la mano una nevera azul y blanca. Pedro la coge y la mete como puede en el maletero del Peugeot 205. En la parte de atrás del coche Pedrito, José y Felisa ya están con los cinturones abrochados.

– ¿Nos vamos, María?

– Vamos.

María lleva a Sila en el regazo. Cuando pasan con el coche por la plaza la perrita huele a fiesta y al pollo asado de la barraca de la Ikastola y quiere sacar la cabeza por la ventanilla. Mientras, Felisa le está explicando a José que tiene que portarse bien en el viaje.

– Si te duermes se te va a hacer más corto, ¿vale?

– Sí.

– Tú cierra los ojos y dentro de nada estamos en el pueblo, ¿vale?

– Sí.

– Y vamos a ir al río, y a jugar con los primos y a bailar en las fiestas de la Virgen.

-Sí.

Después de pasar Soria los niños se quedan dormidos. Solo paran dos veces, una en Arcones, a mitad de camino y otra justo antes de llegar al Valle del Jerte, en Barco de Ávila. Cuando María ve el perfil de su pueblo respira hondo y sonríe. Mientras bajan el puerto de montaña no puede apartar la vista de su Tornavacas, la cuna del valle. Tiene veinte días para volver a empaparse del olor a cerezo de su hogar.

Cambia la camiseta roja de estar por casa por una blusa negra abotonada y se pinta los labios. Mocedades empieza a sonar en el móvil de María: es su hija. Felisa la está esperando fuera del coche. Le abre la puerta del copiloto y la ayuda a ponerse el cinturón.

Los cipreses se agitan, corre el viento aunque hace calor. María se sabe de memoria el camino y lo recorre como un alfil obediente. Su hija va detrás con una escalera roja, un trapo y un bote de limpiacristales. El cristal de la lápida de Pedro y José está perfecto, pero lo abrillanta de todos modos. De paso, quita el polvo a la inscripción, para eso le pide a María que sostenga la cruz, las flores y la foto que hacen compañía al padre y al hijo. María mira la foto. Le parece que José, siempre con sonrisa de niño, estuviera por decirle algo más.

En el Hospital de La Paz le decían que no iba a poder hablar. Ni andar. Que tenía aire en el cerebro. Ese lunes por la mañana José caminaba con ella de la mano para coger el primer autobús a Pamplona. La noche anterior Pedro y ella habían discutido y el pequeño no paraba de repetir: “Qué tonto es papá, ¿eh, mamá?”.

La Tafallesa llega puntual. Ella se acomoda en el asiento de antes de las escaleras, el que tiene más espacio y coge a su niño en brazos. Deja la bolsa de cuero marrón y los abrigos en el puesto de al lado. José juega con un muñequito de plástico y, siempre, sonríe. Lleva el pelo castaño a lo tazón, un jersey rojo y vaqueros. María le ha dado betún en los zapatos y el sol los hace brillar. Al llegar a la estación ella pide un taxi mientras sostiene al hijo.

– Buenos días, al Centro Santa María de Burlada, por favor.

Una de las enfermeras sale a la puerta a recibir a un José que no para de moquear y no suelta la mano de su madre. María también ha llorado en el taxi. Saca un pañuelo bordado, le limpia la carita y se lo mete en un bolsillo.

– Pórtate bien, mi vida. Voy a venir a por ti. Voy a recogerte el viernes. ¿Vale?

– Señora, dan nieve para este viernes, si quiere puede dejarlo aquí hasta el sábado.

María se pone a la altura de los ojos de José.

– Voy a venir el viernes, cariño.

El pequeño agarra el bolso de la madre y mete su figurita. Se dan otro abrazo. La enfermera lo aúpa y da los buenos días a María.

Antes de volver a Tafalla para en La Mañueta.

– Quisiera unas katiuskas, por favor.

Después de la visita al cementerio van a misa y toman un café, el suyo con sacarina. Come un poco de jamón para cenar. Lee un capítulo más de la novela que le ha regalado su hijo Pedrito, pero está cansada.

Deja el libro en la mesa con tapete del salón y apaga la luz. Se quita la dentadura postiza y se pone el camisón. Las dos pequeñas camas han estado separadas siempre. Ella sigue durmiendo en la de la derecha. Se tapa con una sábana fina y se coloca de medio lado. Tras diez avemarías abre los ojos para contemplar por la ventana cómo se mueven las ramas del tilo. Se da la vuelta. Cuarenta años después, sigue viendo un cerezo en cada árbol.

 

cerezos

 

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