A corazón abierto

Javier Ruiz Lucea (Tafalla, 1995) no es doctor todavía, estudia tercero de medicina en la Universidad de Navarra. Sin embargo, durante casi mes y medio este verano ha recibido  muchísimos: “Gracias doctor, Dios lo bendiga” con acento hondureño.

Había pensado en hacer un interraíl el verano de 2015, pero decidió hacer realidad algo que le merodeaba por la cabeza desde siempre: un voluntariado fuera de España. Lo lleva de serie, sus padres pasaron una luna de miel poco común como cooperantes en Venezuela. La primera opción de Javier fue viajar a Zambia con las Mercedarias de la Caridad, pero se le cruzaron un par de obstáculos en el camino: el alto riesgo de secuestro de blancos y el hecho de que en la zona no se vería con buenos ojos a un hombre viviendo solo con tantas mujeres (a pesar de los hábitos…). Antes de comenzar sus exámenes de fin de curso, en mayo, le dieron la mala noticia. Como buen naburro, siguió buscando un país de adopción para el verano. Así se enteró de que podía entrar a formar parte de un grupo de voluntariado de la ONG Acoes Navarra, entidad a través de la que varios amigos habían hecho ya una serie de voluntariados en Honduras. Reconoce que dijo que sí sin saber casi nada del país. Tuvo la primera reunión a mediados de mayo y marchó para Tegucigalpa en junio con otro chico de su ciudad, Mikel Mayora. Los dos tafalleses volaron de Madrid a Miami y de ahí a la capital hondureña.

Javier habla despacio y meditando bien lo que dice. Para un momento y rescata su primera impresión de Tegucigalpa. “No me bajaron los ánimos. Llegamos un sábado a la tarde y nos llevaron en la parte de atrás de una pick-up. Íbamos viendo chabolas, zonas de junglas, vaya, lo mítico que aparece en Callejeros Viajeros. Pensé qué guay, aquí hacen falta manos”.

Su primera tarea fue llevar unos pupitres a un poblado en mitad de la selva al día siguiente. Acoes es una ONG educativa que trabaja la escolarización, la educación en valores y otros aspectos relacionados. El Padre Patricio, coordinador y alma de los proyectos, es toda una institución en Honduras. Su figura es respetada hasta por el peor marero (mafioso), ya que ellos también quieren una buena formación para sus hijos. La organización paga, como toda la ciudad, el “impuesto de cajas” a la mara correspondiente, pero la figura de Patricio representa una fortaleza.“La labor de Acoes es vital. Si una mara pilla a un chaval de la calle, le da ropa y comida y le pide un encargo pequeño, algo simple como llevar un paquete a un sitio, pero luego los trabajos van a más. En Acoes dan un futuro real a los niños”.

En los días siguientes fueron de escuela en escuela visitando proyectos y Javier vio que algo no acababa de encajar. No se sentía del todo útil, creía que podía serlo más actuando desde su profesión. Antes de salir para Honduras le habían hablado de otro párroco, el Padre Ramón, que se encargaba de proyectos de salud. Resultó que no formaba parte de la ONG, pero aun así no tuvo problema en hablar con Javier. De hecho, lo llevó de gira.

EL MATADERO

Su primera parada fue el matadero, también conocido como el inframundo o el Hospital Escuela, uno de los mayores centros públicos del país. Reconoce  que fue uno de los golpes más fuertes que se llevó: “En ese hospital la gente se muere en los pasillos, las urgencias están a reventar y las condiciones son nulas. Me acuerdo de un hombre que tenía el 80% del cuerpo quemado al que unas hormigas le recorrían el cuerpo”. La entereza del Padre Ramón dejó impresionado a Javier. El cura se movía sin titubear por las zonas más duras del centro, como oncología, diálisis o traumatología, repartiendo extremas unciones, sonrisas o un minuto de compañía. “Era increíble su trato al paciente sin ser médico”. Semanas más tarde, Javier visitaría uno de los centros privados, el Viera, que comparó con un hotel. La calidad sanitaria en Honduras está al alcance de pocos bolsillos.

Siguiendo con el paseo, lo llevó a dos dispensarios médicos, algo así como centros de salud: Casa Belén y Las Brisas. En el primero se pasa consulta a los pacientes y además, gracias al trabajo de tres voluntarias, ofrece duchas, comida, lavandería y charlas sobre alcoholismo a los indigentes por las mañanas. Una de las doctoras de Casa Belén le ofreció quedarse ese día a trabajar en la farmacia y Javier aceptó sin dudar. Sonríe al acordarse y admite que le emocionó encontrar ese primer hueco en un centro médico.

El Padre Ramón marchó de vuelta en España, Javier volvió a Casa Belén. Cada día se las ingeniaba para que uno de los coches de Acoes que se movían por la ciudad le dejase cerca del allí. No era el único estudiante de medicina del dispensario: en Honduras quienes  cursan Medicina y Enfermería, sea en la universidad pública o la privada, tienen asignadas cinco semanas de servicio comunitario en una clínica y cinco guardias de noche en los bomberos. Por eso conoció a Olga Galdámez Carvajal y Danilo Mayorga, otros doctores en potencia que hacían allí sus prácticas. Además de ser su discípulo y amigo en Casa Belén, los acompañó en la que fue la primera de una larga lista de guardias con los bomberos.

Compró este estetoscopio en Honduras, porque le hacía falta pero también para tener cerca un amuleto que le transporte a este verano. ÁNGELA IRAÑETA.
Compró este estetoscopio en Honduras, porque le hacía falta pero también para tener cerca un amuleto que le transporte a este verano. ÁNGELA IRAÑETA.

SIN HACER PREGUNTAS

La estación de bomberos cuenta con dos médicos, además de enfermeros y psiquiatras. A las diez se cierra la consulta y se abre el turno de las urgencias, un festival de los horrores continuo y, por desgracia, normalizado. Javier relata que ha visto desde partos hasta machetazos y disparos. Una de las urgencias llegó en taxi: dos tiroteados, en el hombro y la tripa. Los llevaron en ambulancia al hospital después de estabilizarlos y acto seguido llegó un motorista al cuartel preguntando por los dos tipos, “para rematarlos”. Algunos de los bomberos, que son paramédicos, también atienden pacientes. Su forma de aprender es preguntar y preguntar al doctor si han hecho bien o cómo deberían haber actuado, una técnica que Javier ha puesto en práctica elevada al cubo.

La norma internacional dice que las unidades de bomberos descansan dos días por cada día trabajado. Allí la realidad y el recorte de personal mandan que la regla sea uno y uno. Esa entrega es uno de los ingredientes que hace que los bomberos sean una institución intocable en un país donde “la peor mara es la policía”.  Los bomberos atienden a todo el mundo, “desde el peor de los mareros hasta al millonario más acaudalado”, asegura. En el cuartel “solo salvan vidas, no preguntan quién eres ni por qué“, asiente Javier, que ha conocido en su compañía los peores barrios de la ciudad, con escena de novela negra incluida: a la vuelta de uno de los traslados nocturnos al hospital dejaron atrás a un coche que quería dejar atrás un cadáver.

GENEROSIDAD

Cuenta medio en broma medio en serio las tres mentiras del hondureño: no volveré a beber, mañana te pago y solo la puntita. Dice que resumen bien las lacras del país: un alcoholismo brutal, corrupción y una educación sexual ínfima. Todo ello conforma una pobreza social, un tumor difícil de erradicar. “Mira Javier” – le confesaba algún conocido- “este país está hecho una mierda, pero lo amamos”. Con esa sentencia sobrellevan una realidad de santeros que llevan un rosario colgando del retrovisor y a alguien maniatado en el maletero y una violencia que impregna el hogar, la calle y el trato a la mujer. Adoran un país que se mata y se revive a sí mismo a diario y del que Javier también se ha enamorado. Sus ojos se ven viajar a cada recuerdo que ha traído de allí, pero no se le borra la sonrisa, aunque se le pinta la nostalgia en la comisura de los labios y está nervioso, ha quitado el armazón de metal a la taza de café y juguetea con él.

No duda en volver a un país que le ha tratado como a un miembro más de la familia. ÁNGELA IRAÑETA.
No duda en volver a un país que le ha tratado como a un miembro más de la familia. ÁNGELA IRAÑETA.

Su madre hace una puntualización. “Es verdad que allí les hace falta ayuda, pero lo que ha hecho Javier no es la heroicidad de cubrir una falta. No. Los médicos de allí le han enseñado, han sido generosos con él, le han dejado hacer, le han supervisado y le han aconsejado. Han confiado en su labor”. Él asiente. Sabe que ha podido colaborar en tantas clínicas por su buena disposición, por decir que sí a todas las ofertas. Señala que si algo puede disgustar en Honduras de los españoles es que algunos padecen de falta de voluntad. “Allí los chicos se mueren por estudiar, por ejemplo los chicos del programa poulorum de Acoes son hijos de macheteadores, de jornaleros.Trabajan en la ONG a las mañanas, van a la universidad por las tardes y estudian… Cuando pueden. Su capacidad de esfuerzo es admirable”. Javier, en ese sentido, no ha sido “un fresa”, un tiquismiquis, sino todo lo contrario. “Había estudiantes de prácticas que se negaban a hacer algunas cosas por falta de material pero los bomberos recordaban que aquello era un hospital de guerra y que quien llegaba allí era porque no tenía otro sitio al que acudir”.

Es un ejemplo de alguien que viaja a un país en peores condiciones que el suyo y no trata a sus habitantes ni de más, ni de menos, sino que percibe personas en un escenario diferente al que está acostumbrado. “No me noto cambiado después de haber vuelto, pero se me ha quitado la tontería de magnificar problemas que no lo son. Allí un disgusto es un asesinato, no tener un duro, situaciones que no paran de empeorar. Eso sí son problemas reales”. Javier no para de repetir que ha aprendido muchísimo y que, por encima de todo, ha ratificado su voluntad de llegar a cirujano. Al volver de Honduras escribió en su Facebook un agradecimiento dirigido a Acoes, al Padre Ramón y sus clínicas, sus colegas Olga y Danilo y, sobre todo, a cada paciente: “Gracias por la confianza puesta en mí, por la cooperación, por cada buena cara y por cada Gracias doctor, Dios lo bendiga. Ellos son los que me han ayudado aquí a encontrar mi vocación”. Javier se encoge de hombros por enésima vez y suelta otra de sus sonrisas balsámicas. “Llegar a estar con la bata puesta y que me llamaran doctor, para mí ha sido el cielo”. En Honduras le han tocado a corazón abierto.

Dice que guardará como tesoros la gorra de servicio de Chili, los emblemas de Larri y el portaagujas de sutura de Danilo. ÁNGELA IRAÑETA.
Dice que guardará como tesoros la gorra de servicio de Chili, los emblemas de Larri y el portaagujas de sutura de Danilo. ÁNGELA IRAÑETA.
Le entregaron además unos pines para que fuera reconocido internacionalmente como bombero. Javier ha contactado con Víctor Rubio, director general de los bomberos de Navarra, para intentar crear una especie de hermandad y que pueda enviarse algo de material a Honduras a través de Acoes. ÁNGELA IRAÑETA.
Le entregaron además unos pines para que fuera reconocido internacionalmente como bombero. Javier ha contactado con Víctor Rubio, director general de los bomberos de Navarra, para intentar crear una especie de hermandad y que pueda enviarse algo de material a Honduras a través de Acoes. ÁNGELA IRAÑETA.
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