Fuegos sin tiempo

San Fermín se convierte cada año en un retrato de comportamientos en el que las cámaras se quedan cortas. Como en el Jardín de las Delicias de El Bosco, la belleza y lo grotesco se dan cita vestidas de blanco y rojo.

Es más de medianoche. Una Plaza del Castillo abarrotada mira el concierto de Celtas Cortos mientras un hombre se arrodilla cerca de una de las arcadas. A su lado hay una pancarta de dos metros de alto en la que pide la voluntad para dar de comer a sus hijos. Su caja de monedas está casi vacía. Detrás de él dos municipales se encargan de un chico joven tumbado con la cabeza apoyada en un pilar sucio. Tiene las extremidades colocadas de forma extraña y ha desatado un círculo de curiosos a su alrededor. En uno de los accesos a la plaza multitud de personas se detienen unos segundos en la escalera de al lado de la Turronería para admirar el nacimiento de un crêpe. Por todas partes hay hombres con carros intentando vender cervezas y también chicos negros que pasean entre el gentío su puesto de gafas, collares y, este año, diademas de flores. La mayoría no sonríe. Una chica alta intenta regatear con uno de ellos llamándole “mi amigo”, pero él niega con la cabeza. Las cuadrillas, de Pamplona y de cualquier parte, hacen círculos a modo de fortaleza para proteger los hielos y las botellas, el tesoro de la noche. Todavía no ha acabado el concierto y ya hay quien se retira: familias de niños con cara de sueño, ancianos y alguna pareja que prefiere robarse besos en un sitio más apartado. El violín de Tejada se mezcla con los gritos de cientos de acentos. Está la pareja de amigos sevillanos, que están buscando la presa más jugosa, las chicas de la ribera que tenían tantas ganas de ver el concierto, los ingleses y su sonrisa rubia. Todo es movimiento esta noche en la ciudad y cada escena se entrelaza con el resto.

Sí hay un momento en el que se hace silencio: los fuegos, otro cuadro perfecto. Casi media hora de cabezas mirando hacia arriba, reprochess a los que no se sientan y ojos que reflejan luz, incluso alguna ovación después de la traca más espectacular. No se oyen demasiadas conversaciones y la mayoría de los vendedores de gafas deja de negociar. Desde la hierba devastada, los balcones o la carretera se admiran los fuegos de artificio, una herencia china que se creía que espantaba los malos espíritus. El cielo hace un paréntesis para acoger explosiones benévolas mientras el aire se lleva el humo. El mundo se para en Pamplona en San Fermín y el tiempo se detiene en los fuegos.

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