Tres vidas, tres pasiones

ÁNGELA IRAÑETA.- (octubre 2013) Iosu Kabarbaien, Kurt Rahier y Óscar de Esteban son completamente distintos pero todos tienen algo en común: aman lo que hacen.

 

Iosu Kabarbaien tiene 52 años y está en paro. Es un hombre flaco y canoso que destila energía y pragmatismo, no está agobiado por no tener trabajo. Su escritorio está ocupado pro dos pantallas de ordenador y un centenar de folletos y papeles, diseña un cartel para una obra de teatro que estrena con su grupo en diciembre. A la vez tiene la cabeza puesta en la organización del Festival de Teatro Amateur de Tafalla y en un espectáculo del que es director. No trabaja, pero el teatro ocupa todo su tiempo, como un amante exigente. La primera vez que subió a un escenario tenía seis años, cantó la melodía de la chimenea de Mary Poppins. Recuerda que desde las tablas en su Tolosa natal todo se veía negro e inmenso, “algo me debió sobrecoger ahí”, comenta. De eso no cabe duda. Su familia se mudó a Tafalla y con catorce años Kabarbaien se metió al grupo de teatro Gabalzeka, del que todavía es miembro activo, y a los dieciocho entró a formar parte de una compañía donostiarra. Nada más volver de la mili se dijo que su futuro estaba en París estudiando dirección de cine. Ahora se ríe al hablar de esa época: “Duré un año”, comenta, y añade que nunca llegó a pisar la escuela de dirección. “Era difícil vivir en Francia en aquellos años”, corría el 1983 y los precios de los alquileres eran, según dice, desorbitados. Para pagarse un techo en un barrio musulmán de la ciudad, más barato, se dedicó a cuidar un niño, restaurar muebles y vender propaganda. Después de eso cuenta que recorrió la península desde Logroño hasta Málaga, pasando por la costa catalana y valenciana.
Sonríe y le brillan los ojos azules al evocar su juventud. “Me metí en todos los tinglados”. Ha trabajado de todo (rotulista, restaurador, niñero, cocinero…), comenta que saca provecho de cada habilidad que sabe que tiene. No le gusta hablar de vocaciones, simplemente hace aquello que se le da bien…Y el teatro se le da muy bien. Para él ocupa “un lugar principal”, sostiene que el teatro es “una terapia”, ya que al meterte a interpretar una obra eso te hace ver el mundo de otro modo, verte a ti de manera diferente y crear unos vínculos muy íntimos con tus compañeros que de otro modo no tendrías. “Pero a mí lo que me gusta es dirigir”, añade. No echa de menos haberse metido en el mundo del cine, le ve más valor al teatro porque una obra cambia cada vez que se representa. Dice que recetaría hacer teatro, “cualquier obra, por nimia que sea”, porque actuar es “una asignatura pendiente en la que siempre aprendes”. ¿Y qué se necesita para ser actor? Él lo tiene claro: vivir y aprender de lo que vives.
Kurt Rahier comparte esa filosofía tan enérgica. Es un diseñador autónomo de 63 años que se ha dedicado toda su vida a interiorismo y escaparatismo. Le apasiona diseñar, “es crear algo que no existe”. Desde hace tiempo este alemán afincado en Tafalla decora las vitrinas de la juguetería pamplonesa Irigoyen (con orgullo y con un acento duro afirma que “cada año se quedan sorprendidos”) y ha trabajado ocho años como decorador en el parque Senda Viva. Rahier es alto y de pómulos marcados, a primera vista aparenta menos edad de la que tiene pero sus movimientos le delatan, camina apoyándose en un paraguas. Con una media sonrisa dice que se siente joven, aunque confiesa que todo le duele un poco más. Este peculiar artista estudió diseño y decoración en su ciudad, Mülheim an der Ruhr, pero dejó la localidad con 27 años: en las vacacioens se había enamorado de un tafallés. Abandonó su puesto de decorador jefe en la Galería Kaufhof (el Corte Inglés alemán) para mudarse a Ibiza con él. Su único equipaje fueron unos cientos de metros de tela, hilos, patrones y una máquina de coser. Su pareja y él montaron un puesto cerca de la playa en el que se dedicaban a vender “minifaldas para hippies”. Cuando pasado año y medio el trabajo escaseó vinieron para Pamplona, donde se ganó su primer dinero dando clases de relajación y baile para mujeres (había sido bailarín de Ballet desde los 8 años). Rahier pasó diez años viviendo en la capital navarra para mudarse luego a Tafalla, donde lleva ya 25 años. Ha realizado algunos trabajos en Madrid y como escenógrafo en Barcelona, pero no se arrepiente de haberse quedado en Navarra. “Estoy feliz conmigo mismo”, admite, y comenta que esa es la clave para ser creativo.
Mira por encima de sus gafas de montura Prada mientras se toca la dilatación que lleva en la oreja izquierda y asegura que su secreto para vivir del diseño en los tiempos que corren es que tiene una “paciencia insoportable” y que hace a mano todas sus creaciones. Bueno, y que como buen alemán tiene mucho “carracter”. Hoy en día el panorama está difícil para el diseño y él lo sabe, pero por si ese trabajo se acaba Rahier nunca ha dejado de lado la tradición familiar: hacer marionetas. Da forma a sus creaciones en una pequeña bajera de puerta marrón que siempre está abierta. Cuando tiene que fabricar algo no apunta ni dibuja, solo busca una idea que no había tenido antes y la desarrolla sobre la marcha. Y siempre trabaja solo. También vive solo, eso le cansa y por eso suele frecuentar los bares de su barrio. Allí todo el mundo le conoce y le dirige un saludo. Él sonríe siempre, pero por lo bajo masculla que no tiene tiempo para “fútbol y una vida monótona”. Rahier sabe que le queda poco más de año y medio para jubilarse. Al hablar de eso se pone serio, planta los dos codos en la mesa como para ganar estabilidad y junta las manos con firmeza: “Pero en realidad no voy a jubilarme nunca mientras me pueda mover”.
Óscar de Esteban tampoco va a jubilarse, la música es “una profesión muy vocacional” para este tafallés de 38 años. De Esteban es director y profesor de saxofón de las escuelas de música de Artajona y Garinoain, además está al frente de las bandas de música de este último pueblo y de Tafalla. Admite que “ muchas veces es duro” dirigir una banda, implica escoger una programación, estudiar a fondo las partituras y editarlas. Pero él se encoge de hombros y apunta que “hacer lo que te gusta lleva a que te impliques todo lo que puedes”. Que se lo digan a su mujer, Susana Ojer, profesora de clarinete. Ella sonríe y cuenta que desde novios su vida juntos ha sido dedicarse a la música: ensayos, conciertos y clases. De Esteban invierte mucho tiempo estudiando las obras que trabaja con las bandas y también hace horas el fin de semana (dirige un ensayo las tardes de los domingos). Hace poco cambiaron de casa por falta de espacio. No fue por los dos niños (un par de angelitos rubios de ojos azules, Unai y Nuria, de 7 y 4 años) sino porque De Esteban no tenía un despacho propio y se disputaba un rincón en el salón con los peques y sus dibujos animados. En la nueva casa tiene un cuarto para él, un fortín lleno de discos y partituras con un pequeño órgano eléctrico que le regaló un amigo y un armario enorme (también lleno de hojas con pentagramas) desde el que le miran las fotos de cuatro directores famosos. En una de las estanterías hay nueve álbumes en los que guarda sus notas de la Escuela de Música, fotos antiguas y todos los folletos de cada uno de sus conciertos.
Como tantos otros niños De Esteban empezó en la Escuela de Música de Tafalla a los ocho años. Siempre había visto tocar el saxofón a su tío, y venía de una familia de aficionados a las jotas, así que puede decirse que es algo familiar. Pasó al Conservatorio de la capital y comenzó a estudiar Telecomunicaciones en la Universidad. En el cuarto curso en la facultad“la balanza se inclinó”. Subía a Pamplona en el primer autobús y bajaba en el último, cargado con apuntes, partituras, un atril y el saxofón, en El Sario le dejaban un aula para que pudiera tocar. Él admite que no se veía de ingeniero, en lugar de apuntes de clase en la biblioteca trasteaba con partituras. Intentó mantener los dos estudios pero sentía que no hacía ni una cosa ni la otra, así que dejó la carrera, con la consiguiente batalla en casa. Eso seguramente no pasará si sus hijos optan por dedicarse a la música. A Unai los reyes le trajeron un trombón (mide más que él) y Nuria también va camino de convertirse en música, pero cada vez elige un instrumento diferente, aunque a su madre se le ilumina la cara cuando la pequeñaja se le agarra a la pierna y le dice que también quiere tocar el clarinete.
Teatro, diseño y música son los motores que mueven la vida de estas tres personas, que son mitad hombre, mitad artista. Ellos se han dejado guiar por una fuerza que ha podido más que ellos: sus pasiones, una palabra que a veces suena mal, no para el escritor francés Denis Diderot. “Se las considera la fuente de todo mal humano, pero se olvida que también lo son de todo placer”.

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