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ÁNGELA IRAÑETA.- (abril 2014)

Cinco nombres diferentes. Cinco planteamientos que comparten algo: la innovación. Cinco lugares que desmienten que librería es solo un lugar donde adquirir libros.

La librería Xalbador abrió en 1985. Llevaba nombre de bertsolari y era la segunda tienda de libros de la que ahora es la Fundación Elkar. En XXXX se añadió la palabra megadenda al nombre del establecimiento y en 2005 el rótulo de Xalbador Megadenda fue sustituido por el término “Elkar”, al igual que el resto de tiendas de la cadena.

Elkar significa juntar, reunir, eso es lo que desde el principio buscaban los fundadores de la antigua Xalbador. Patxo Abarzuza trabaja en la tienda desde el primer día y explica que el planteamiento de Xalbador fue algo novedoso: “Se montó para darle un espacio digno a los libros y discos de cultura vasca ─ mira a la pared forrada de cedés que tiene a su espalda y esboza una sonrisa ─. Bueno, discos no, en esa época eran LP y cassettes”. Explica que buscaban una librería grande y competitiva, con mucho fondo. A día de hoy almacenan entre 60.000 y 70.000 libros y alrededor de 5.500 discos y videojuegos.

El local tiene 400 metros cuadrados que pertenecieron a una tienda de cerámicas y que ahora son una casa de libros. Para Abarzuza una librería es el último eslabón de la cadena del libro, para él ha de ser generalista, “cuanto más amplia mejor”. “Un libro en sí mismo es algo importante para vender y desde una librería no somos quién para hacer censura”, comenta refiriéndose a que tienen que vender lo que les gusta pero también lo que no. Es de ese modo como se consigue que acudan clientes con perfiles muy diversos. El librero ha cumplido 30 años en el oficio y, como veterano, opina que “Pamplona no puede tener tiendas de libros especializadas porque acaban muriendo” ya que no hay un público para sostenerlas.

Los hay que no comparten esa visión. Mejor dicho: las hay. Maider Díaz y Raquel Anocíbar abrieron en octubre de 2012 una librería especializada en ilustración, La Chundarata. Para Maider Díaz cada librería responde a la selección de títulos de un librero. “Para mí la más bonita es la mía”, dice encogiéndose de hombros. Desde su punto de vista una librería es un punto de encuentro en torno a la cultura del libro, un espacio donde los interesados se van conociendo e idean proyectos juntos. Así que no solo venden sus peculiares libros con más imagen que texto sino que ofrecen talleres para niños y adultos, además de un cuentacuentos el último sábado de cada mes. Quieren dar impulso a la ilustración y la escritura creativa y lo hacen en el espacio al que se accede detrás del mostrador, con un par de mesas, paredes forradas de dibujos y estanterías llenas de materiales para dibujar. “Los libros no dan dinero para hacerte rico ─lamenta Díaz─ pero buscas un modo de vida que te guste y con el que disfrutes, y en eso estamos”.

La Chundarata, en el 27 de la Calle Paulino Caballero, cambia la decoración cada tres meses, este invierno el centro de la tienda ha estado ocupado por tres osos polares que hacían a su vez de estanterías. Desde el techo colgaban una suerte de estalactitas de corcho blanco. Y en el resto del espacio: volúmenes muy peculiares. Los libros de ilustración no son solo para niños, es algo que Díaz se empeña en aclarar. Echando un vistazo por las estanterías los lomos de algunos ejemplares llevan escritos nombres como Bram Stocker , Franz Kafka o Nietzsche. Un peculiar modo de acercarse a los clásicos o la filosofía. ¿Y quién se acerca a La Chundarata? No todo el mundo, pero sí los interesados. Una clientela más pequeña que en Elkar pero también más selecta. “Hay niños que vienen a decirles a sus padres qué libro quieren para su cumpleaños y una abuelita a la que le encanta leer novela juvenil”.

En la Plaza del Castillo hay otra librería peculiar de la que se encargan Bea Miro y Pitxu Arbizu. Me quiero vivir nació el 14 de diciembre en el número 38 de la céntrica plaza, lugar que hasta entonces ocupaba una peletería. La idea surgió un agosto cuando las mujeres disfrutaban de unas copas de vino. De ese momento surgió esta librería de arte y objetos de creación artística, tal como la llaman ellas. Su intención es fusionar sus profesiones anteriores: el teatro y la palabra.

Además de la venta organizan eventos y reuniones. Comentan que a la hora de escoger una nueva pieza para su colección “antes que el libro es el objeto, la imagen, lo que significa y hace sentir”. Así es como van seleccionando cada elemento que llena esta tienda, un espacio único dentro de la ciudad en el que se puede adquirir un libro, un bote con “28 razones para quererte” o una “bandeja de remedios”.

La Calle Paulino Caballero no solo acoge a La Chundarata. A unos pocos pasos se encuentra la librería café Walden de Daniel Rosino. El local es de sus padres, antes albergaba el negocio familiar, Textiles Rosino, pero ya no queda nada de eso, salvo las bolsas de plástico con el logo en la que Daniel mete los libros. Las paredes están cubiertas de estanterías, en medio del local hay una especie de cercado que contiene varias mesas y sillas. Hay un sillón al fondo y algunas sillas y mesas más en uno de los rincones. Son los espacios en los que los clientes se sientan con un café y, quizá, con un libro. Le da miedo que los manchen de café (“me los comería”) aunque de momento no le ha pasado.

Es la librería más joven de Pamplona, abrió en 20 de diciembre del año pasado y, según Rosino, no va mal. “La gente viene por la novedad, hay quien no termina de asimilar que pueda haber algo así”. Cree que la mayoría de clientes llegan por la librería, aunque hay quien se acerca por las dos cosas. “A partir de quince años hay medicina para todos los públicos”, asegura. Y sobre los que vienen solo a tomar algo, confía en que tengan que hacer un regalo, un regalo con páginas.

La idea del café se le ocurrió como un complemento de la oferta, un recurso para atraer a más gente porque “casi todo el mundo toma café”. Refiere que no es solo un colchón económico, también es la oportunidad de ofrecer un espacio para estar, para “esa cosa subterránea e íntima que es la lectura”. El dueño de Walden confiesa que para él una librería tiene que ser “un microcosmos que lo abarque todo: poesía, arte, literatura, memorias, ciencia, religión…”. Al leer dice que busca huellas o pistas de personas de vida verdadera y vivida, si es posible bien contada.

“Una librería tiene que ser un microcosmos que lo abarque todo: poesía, arte, literatura, memorias, ciencia, religión…” Daniel Rosino, Walden

Si Walden es una librería café, Katakrak Liburuak se describe en Twitter como “Librería-cantina-espacio social para la transformación total”. El nombre es un homenaje a un grupo okupa de los ochenta, algo que enlaza a la perfección con su espíritu rebelde. El pasado diciembre se instalaron en un edificio de 700 metros cuadrados en el el 54 de la Calle Mayor, un espacio con mucha historia, un sitio antes ocupado por el Colegio Huarte (el primero laico de Pamplona), un gimnasio y la Galería de Arte Clío. Katakrak es el nuevo nombre de la que fue la Hormiga Atómica, una librería cafetería que abrió en 2007 en la Calle Curia. Desde su inicio tienen la intención de ofrecer material que no se encuentra en otras librerías de Pamplona, antes de abrir el local de la Calle Curia se dedicaban a mostrar esos textos en ferias y eventos similares. Ahora, por fin, tienen un espacio enorme para colocarlos.

Son una de las tres Sociedades Cooperativa de Iniciativa Social que hay en Navarra, de nombre 1978 Kooperatiba, los beneficios no se reparten entre los socios sino que van al proyecto y a devolver la deuda generada por la mudanza y la reforma de una de las salas. Quince personas integran la asamblea que toma las decisiones en la cooperativa, doce de ellos trabajan en la librería y en el restaurante y los puestos van rotando.

“Librería-cantina-espacio social para la transformación total” @katakrak54

Para ellos un libro consiste en una caja de herramientas para atacar o transformar una realidad. Más de la mitad de sus ejemplares son ensayos, aunque admiten que la poesía y muchas novelas también son transformadoras. Como el resto, no se limita a vender libros, en el último piso del edificio están reformando una habitación con cabida para unas 200 personas, con la intención de organizar charlas, presentaciones y ofrecer ese espacio a otros movimientos sociales afines.

Xalbador, ahora Elkar, nació con el planteamiento entonces novedoso de tener la oferta más amplia. Hoy unos cuantos libreros pamploneses han dado un paso más. No les importa que su fondo sea tan amplio que vaya desde las novelas de Víctor Hugo hasta los garabatos de Belén Esteban. Buscan ser los guardianes de algo diferente: productos no vistos antes, textos únicos, una taza de café para acompañar la lectura, un espacio de encuentro, hacer política con libros. Han pasado página.

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