Mirada al alma

El doctor Isak Borg acabó por enamorarse de su trabajo. Después de una vida dedicada a la ciencia a sus setenta y ocho años solo tiene a su lado un ama de llaves huraña, un hijo distante y un coche tan viejo como su dueño. En la catedral de Lund van a hacerle un homenaje por sus cincuenta años en la profesión. Pero él preferiría estar cogiendo fresas salvajes. En esta cinta en blanco y negro Ingmar Bergman (Fresas salvajes, 1957) juega con lo onírico y lo real para zambullirse en los recuerdos de un anciano que ha vivido mucho, pero al que todavía le quedan cosas por aprender: “Sabes tanto y sin embargo sabes tan poco”.

El cineasta sueco se encarga de que el espectador acompañe de la mano a Isak Borg en su camino a Lund y, más allá de eso, logra introducir al público en el otro viaje que realiza el protagonista: el recorrido hacia su pasado para poder seguir adelante, un sendero de redención. Víctor Sjöström se pone en la piel del anciano doctor, logra humanizar el personaje, que al comienzo es presentado como manipulador y egoísta (se sale con la suya cuando pide al ama de llaves que se levante antes a hacerle el desayuno). El doctor se va descubriendo como una persona débil y con miedo a la muerte, la soledad, la incompetencia y el rechazo. Influido por sus sueños y recuerdos el personaje evoluciona, de la media sonrisa de suficiencia que luce cuando Marianne le recuerda en el coche todas las maldades que le dijo, Borg pasa a una sonrisa amable y sincera cuando ella le da las buenas noches tras la ceremonia en la catedral.

El mundo de los sueños y recuerdos que Bergman introduce en la cinta resulta creíble gracias a las expresiones del doctor cada vez que se enfrenta a una nueva experiencia onírica (su cara de asombro al ver a la prima Sara, su ojoplatismo cuando el examinador le dice que está acusado de culpabilidad o su modo de abrir los ojos cuando escucha de labios de Marianne que su hijo le odia). Pero si hubiera que elegir un gesto de Sjöström sería la expresión apacible que tiene en su último sueño al ver a sus padres. El actor mira entonces al cielo con unos ojos que ya no están ansiosos o preocupados y que transmiten una paz inmensa.

Digno de mención es el papel de Ingrid Thulin, que encarna a la nuera del doctor, Marianne Borg. Es una mujer con mesura, algo que se observa no solo en sus maneras y su modo de hablar sin alzar la voz (incluso cuando echa del coche al matrimonio) sino también en su aspecto impecable, sin un cabello fuera de su sitio. Otra de las actrices del elenco es Bibi Andersson, que se encarga de dar vida a las dos Saras, los personajes más barrocos del filme: la teatral prima Sara y la descarada joven que viaja con dos pretendientes y luce el pelo alborotado y una picardía sin complejos (“es irónico otra vez, pero le queda bien” le dice a Isak nada más conocerle). Esta joven Sara está acompañada de dos muchachos en los que se encarna la batalla entre racionalismo y fe. Uno de ellos va para doctor y desprecia la religión como “opio para la extremidad doliente”, el otro va a meterse a sacerdote y defiende su fe con empujones cuando los argumentos fallan. Bergman no da una postura clara acerca de la cuestión religiosa, aunque el asunto sale vapuleado, lo evidencian frases como “los sacerdotes están anticuados” o “ella tiene su histeria y yo mi catolicismo”. La libertad de culto solo llevaba activa desde 1951 en Suecia, quizá el contraponer a los dos muchachos el director retrata la dicotomía de su sociedad, de un lado lo tradicional y de otro, el progresismo.

Bergman no apuesta por el progresismo en lo que a la cámara se refiere, aunque no sea un innovador en ese sentido logra que los planos penetren en la psicología de los personajes, por ejemplo la cámara se acerca a Marianne cuando esta le cuenta a Borg por qué discutió con Evald, algo que eleva la confidencia a una confesión. La cámara no realiza movimientos bruscos (si acaso en el momento del accidente), los enfoques no son rompedores. Quizá el recurso más atrevido es el utilizado en el primer sueño de Borg, cuando el cadáver agarra al doctor y tira de él, la cámara se acerca tanto a las caras de ambos que la imagen acaba por desenfocarse, un recurso que crea mucha tensión, más todavía si se le suma la música disonante de cuerda que ambienta esa secuencia. El blanco y negro da más dramatismo al relato, en un par de ocasiones el cineasta juega con iluminar el rostro de Isak y recortar su figura contra un fondo oscuro creando así un ambiente opresivo. En cuanto a las transiciones, el director recurre con frecuencia a los encadenados para pasar de una secuencia a otra, algo que hace fluir el ritmo de la película.

No solo las interpretaciones y la cámara construyen la cinta, la música de Erik Nordgren es un elemento clave para crear el ambiente casi mágico en el que se mueve Fresas salvajes. En realidad el mérito no es exclusivo de las melodías sino del sonido ambiente, como las campanadas con las que comienza la cinta, el punzante sonido del reloj que se escucha cuando Isak está en su despacho, los pasos del doctor por las calles desiertas en su primer sueño o el rumor de la tormenta. La maestría de Nordgren está en acompasar la música de modo que esta amplía las sensaciones que la cinta busca transmitir, como el espanto de Isak cuando su madre le enseña el reloj sin manecillas, momento en el que aparecen con furia timbales, violonchelo y arpa. La escena en la que Isak ve por la ventana a su hermano y Sara al piano suena una especie de fuga barroca con carácter de réquiem, esa melodía angustiosa es recogida de modo sublime por un violonchelo y viene a aumentar la angustia del momento. Nordgren introduce una banda sonora muy homogénea, dominada por pasajes orquestales, aunque hay instrumentos que destacan, como el arpa, que suena en los momentos en los que Isak comienza a soñar.

Es con sueños como Bergman aborda los miedos del ser humano, encarnados en los temores de un exitoso doctor que ha cosechado un sinfín de éxitos en lo profesional, pero no en lo personal. Hay una frase de Isak en la que resume el sentido de sus sueños: “Es como si quisiera decirme algo que no fuera capaz de escuchar despierto, que estoy muerto aunque esté vivo”. Isak sabe que el tiempo casi se le ha acabado, lo evidencian esos relojes sin manecillas. En su primer sueño se encuentra con su propio cadáver, algo que le aterroriza. Se asusta de sí mismo, de hecho descubrirá que no es el único… En la vuelta a su juventud se reabre la herida del primer amor perdido, un paraíso simbolizado por esas fresas salvajes, un fruto delicioso, pero que no crece en cualquier lugar, que no siempre se puede conseguir.

Bergman confecciona un viaje por la psicología humana en el que su protagonista aprende de sí mismo, se ve con claridad por primera vez a los setenta y ocho años y es consciente de que puede deshacerse de su lepra sentimental. En una ocasión el cineasta refirió: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. Y eso es lo que consigue Fresas salvajes, enfocar una mirada sincera a la propia alma.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s