Los jueves, casi sin luz

ÁNGELA IRAÑETA.- (marzo 2014)

A veces las aulas se quedan cortas. Las paredes blancas del Conservatorio Superior de Música de Navarra pueden resultar algo agobiantes, el suelo verde se hace artificial y las lámparas fluorescentes emiten una luz demasiado blanquecina, impersonal. Los estudiantes de jazz buscan un lugar más espontáneo y acogedor, con bombillas de luz tenue y un suelo cubierto de serrín.

Un rincón del bar Infernu es el refugio de los estudiantes de jazz del Conservatorio. Hace cinco años fueron ellos quienes pidieron al dueño, David Merino, poder tocar en su local. Aunque él es más metalero, accedió. Cada jueves tres fijos son los que abren la jam session, después todo el que quiere (y puede) se sube a tocar. Es un terreno en el que ellos se ponen a prueba a sí mismos, tienen una especie de pacto tácito y es que lo que pasa en el Infernu, se queda en el Infernu. Esperan poder reírse de lo que tocaban allí cuando lleguen a ser unos capos del jazz.

El fondo del bar hace las veces de escenario, los músicos se apiñan como pueden para tocar: el batería en el rincón, el bajista y el teclista enfrente, el guitarrista a un lado. Hay una mesa de billar sobre la que se dejan los abrigos y las fundas de instrumentos. La jam empieza sin previo aviso, los hay que han venido a escuchar y otros que solo han parado a tomar una caña como harían en cualquier otro bar. Los músicos no se preocupan porque no se les preste atención, desde el primer acorde su música es solo para ellos. Tocan All of me, un standard de jazz muy conocido. Todos son alumnos de jazz del Conservatorio Superior, pero en este tema sale a tocar Asier Ardaiz, un chico que todavía no estudia jazz. Antes de sacar la trompeta mira al resto de músicos y les hace un gesto para ver si puede unirse, ellos asienten. Un saxofonista más joven que el resto se une para tocar apenas un tema, después de eso guarda el instrumento y se apoya en la pared, satisfecho por haberse atrevido a salir a tocar. Los músicos van cambiando a medida que avanza la noche, ninguno lleva la voz cantante sino que hablan entre ellos para ver qué se toca y cómo.

Rafa González es un valenciano rubio y flaco que toca el saxo tenor. Aritz Ostolaza, de Hernani, es bastante más grande que Rafa, pero su saxofón es un alto, más ligero. Ambos van turnándose para salir a tocar y en alguno de los temas cruzan sus instrumentos en una suerte de batalla en la que se van pasando motivos melódicos intentando hacerlos cada vez más y más difíciles.

La luz del Infernu va cambiando de color. Ilumina los gestos de los músicos, cada uno tiene una expresión diferente tocando. El batería aprieta los labios, el bajista mueve la cabeza y el pianista pone cara de estar oliendo algo raro, con las aletas de la nariz abiertas y el ceño fruncido. Han pasado muchas noches en ese bar de suelo de cerámica y paredes rojas, metidos en su mundo privado, abandonándose al jazz.

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