La mirada del desierto

Pistolas, caballos, sombreros vaqueros y arena por doquier: todo apunta a un western. Pero el italiano Sergio Leone confeccionó una película (Once upon a time in the west, 1968) que va más allá, que habla de justicia y lucha, de ambición y de venganza. El desierto es el marco para las vidas de unos personajes que buscan seguir adelante en el oeste y que no saben dónde acertará la siguiente bala.


Jack (Henry Fonda) se toma su vida de asesino a sueldo como un negocio cualquiera, por eso no vacila en disparar al pelirrojo Timmy, todo vestido de blanco (color que habla de la pureza e inocencia del niño), ya que no le gusta dejar los encargos sin completar. Fonda interpreta a la perfección a este bandido de azules ojos electrizantes que hace gala de la arrogancia propia de quien se cree con derecho sobre la vida de los demás. Eso se aprecia en detalles como el salivazo que suelta Frank antes de matar al chiquillo, así como en la forma que tiene de hablar al empresario tullido que le paga los trabajos sucios (al que luego abandona con una sonrisa casi diabólica). Frank lleva un arma y debido a ello no tiene miedo, está convencido de que eso le da el poder, elemento que podría ser una referencia a la Guerra de Vietnam, no en vano en las guerras los vencedores se ven legitimados por disponer de más fuerza que el oponente (y no tener reparos en utilizarla). Por otra parte, la figura de Harmónica está rodeada de un perfecto misterio que se mantiene hasta el duelo final. Los ojos verdes de Charles Bronson y su armónica, junto con la escasez de diálogos, retratan a un hombre solitario y meditativo. El personaje quiere llevar a cabo una venganza, pero no estamos seguros de por qué hasta bien llegado el final. Harmónica se toma la ley por su mano, una crítica velada a una justicia que no aparece (de hecho el Sheriff, supuesta autoridad, solo sale en la escena de la subasta). Además de estas figuras contrapuestas la arena del desierto la cruza Jill McBain, una fantástica Claudia Cardinale que ha quedado viuda y sin fortuna. Ella aparece con aires de dama y poco a poco va revelando su condición más sencilla (el vestido negro que luce al bajar del tren se rasga a la altura de una axila). La cámara explota los ojos de Cardinale, la mujer que no es tan frágil (tiene un pasado como prostituta) y que, como todos en la arena, lucha por algo: dignidad.

Las miradas de Jack y Harmónica hablan por sí mismas, pero no es solo que sus ojos sean expresivos, sino que la cámara les saca el máximo partido con esos primeros planos que dejan ver todos los surcos de la piel de los personajes. La maestría del realizador está en combinar estos planos cercanos con tomas generales del paisaje, un contraste entre la inmensidad del desierto y la fuerza contenida en una mirada. No solo está presente esta dialéctica, sino que se apuesta por algunos planos no comunes, como el picado que muestra a Jill tendida sobre la cama a través del encaje del dosel o la escena en la que el primer tren pasa por encima de la cámara. Sorprende también la secuencia en la que se muestra el ahorcamiento del hermano de Harmónica, en la que se juega con un plano picado y detalles como el hecho de que uno de los secuaces que asisten a esa ejecución muerda una manzana roja, símbolo del pecado, justo cuando el ajusticiado muere. El montador también juega con las transiciones entre secuencias, por ejemplo funde el sonido de un disparo con el pitido de un tren o introduce un disparo de escopeta después de la escena del primer tiroteo, algo que logra mantener en vilo al espectador.
Los planos no tendrían tanta fuerza de no ser por la música, la banda sonora de Ennio Morricone que es el broche que corresponde a esta joya audiovisual. La buena mano de Morricone no se limita a crear melodías sino que el autor asocia cada una a un personaje, así identifica a Harmónica con el instrumento del mismo nombre o a Cheyenne con ritmos alegres que recuerdan al trote de un caballo. La primera vez que sale Jack es precedido por las notas rígidas de una guitarra eléctrica, a lo que se suman una armónica, los timbales y metales, marcando un ritmo marcial que concluye con una bala en el cuerpo del pequeño pelirrojo, cuya muerte es anunciada además por el sonido de una campana. Jill llega al oeste mecida por una melodía country con un piano de fondo, que es sustituido por el timbre más incisivo de un teclado que suena a clavecín, a lo que se suman las cuerdas haciendo de sostén armónico y la voz de una soprano que ayuda a alcanzar momentos emotivos o de clímax en la historia (como cuando se ve el pueblo por vez primera o cuando la viuda se acerca al cadáver de Timmy). Más allá de asignar un leitmotiv a cada figura, el compositor contribuye a reforzar el clima de cada escena, por ejemplo en el momento en que Jack y Jill están tendidos en la cama la tensión sexual viene ayudada por las melodías sugerentes de un vibráfono y un solo de violoncello. La música es una maravilla por sí misma, pero destaca más por el contraste con los silencios que se aprecian en la primera escena, antes de la matanza del rancho o tras el disparo del duelo final.

Excelente música, una buena realización y una actuación impecable se dan cita en este filme en el que Leone no se queda en la mera estética ni en una coreografía de balas. Hay diálogos, gestos e ideas que dan cuenta de la profundidad de la cinta. El poder es una constante a lo largo de la película, para Jack viene dado por las armas pero Morton, el empresario, le recuerda que lo único que puede controlar ese poder son los billetes. Hay un diálogo al respecto, Jack se ha sentado en el escritorio del empresario y este le pregunta qué siente. El vaquero responde que “es como coger una pistola solo que con mucha más fuerza”. Parece que el capitalismo ya había llegado al oeste. El personaje del empresario de ferrocarril esconde una simbología. En su primera aparición agarra una figura metálica que parece un pequeño Napoleón, lo que podría hablar de un complejo napoleónico, es decir, un sentimiento de inferioridad del empresario derivado de su incapacidad física, quizá eso explique su afán por aumentar su fortuna a toda costa. Morton se esfuerza por extender su negocio ferroviario, no le importa pasar por encima de nadie, para lograr lo que busca recurre al medio menos ortodoxo: la violencia, generada por armas pero pagada con dinero.

Tanto la violencia física de Frank como el supuesto poder del hombre de negocios acaban por no resultar (ambos personajes acaban literalmente en el suelo). Por contrapartida, el sueño de una nueva estación y un pueblo a su alrededor se hace realidad, es el éxito de lo justo, de la igualdad de oportunidades y del triunfo conseguido mediante esfuerzo y no a través de violencia de ningún tipo. Quienes tengan algún prejuicio contra el western, que lo acallen para intentar dejarse llevar por Leone en este filme que apunta más allá que cualquiera de las balas de sus personajes.

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