Just Jazz

ÁNGELA IRAÑETA.- (4 marzo 2014)

“En cierto modo, la vida es como el jazz: es mejor cuando improvisas”. Cada vez son más en Pamplona los que se agrupan en torno a este género musical del que hablaba el compositor George Gershwin. Una música que se toca con saxofones viejos y en la que los intérpretes tienen libertad para crear sobre la marcha, sin estar atados a leer un papel.

Suele hacerse con poca luz, los ojos cerrados y una buena dosis de pasión. Jazz. Unos cuantos bares pamploneses apuestan por la música en directo, llenan sus locales con los acordes de este género de origen americano. Jokin Idoate abrió el primer bar musical de la capital en 1982. Lo bautizó como Boulevard Jazz porque pretendía que esa música fuera la única que se interpretase allí, algo que no acabó de salir bien. “Yo quería tocar solamente Jazz, pero en Pamplona no hay afición suficiente”, lamenta.

Con el paso del tiempo otros locales se han atrevido a abrir sus puertas a la música en vivo. El New Sammy intenta sacar adelante desde hace un mes jam sessions de jazz, en Cocktail&Compañía un trío de piano, contrabajo y trompeta ambienta las noches de los jueves, algunas veladas del Castillo de Gorraiz también son acompañadas por jazz en directo.

La Calle Calderería es una pequeña Nueva Orleans dentro de Pamplona. Los bares Garazi e Infernu son puntos de encuentro para estudiantes de jazz y músicos profesionales que se dan cita de noche para disfrutar de su delirio compartido.

Y el jazz… ¿Cómo suena?

Concierto Alberto Arteta Group, Bar Garazi
Saxofón: Alberto Arteta
Guitarra: Jorge Abadías
Teclado: Satxa Soriazu
Contrabajo: Kike Arza
Batería: Juanma Urriza

Al fondo del bar el espacio se ensancha, es allí donde han colocado un escenario que no levanta del suelo más de medio metro. Sobre esa tarima esperan los instrumentos: el órgano rojo, la batería y un contrabajo de madera tan desgastada como el saxofón, un Selmer de 1953. Detrás de la barra solo hay un camarero canoso. La dueña del bar, Marisa Marco, está al caer. El local es granate y de techo verde, va llenándose conforme se acerca la hora del concierto aunque es una regla no escrita que siempre se empieza con retraso. El olor a café se va disipando a la par que el volumen de las conversaciones se hace más fuerte.

El primero que sube al escenario es Kike Arza, contrabajista, tras él va el resto del grupo. Todos cogen sus instrumentos y dan alguna nota para probar. Son cinco y están bastante juntos, el saxofonista tapa al contrabajo y el batería queda arrinconado. Las luces que hay sobre los músicos suben de intensidad sin romper el ambiente de penumbra que caracteriza al bar. En el concierto se interpretan las composiciones del saxofonista Alberto Arteta, quien ha recibido el premio Impulso del BBK, gracias al que grabará un disco con esos temas. Y va el pimero.

Sagundila es el nombre de la canción que abre el disco y el concierto. Domina una melodía de saxofón tenor en la que Arteta se mueve flexionando las rodillas siguiendo el hilo de la música. Se pone casi de puntillas para dar la nota más aguda. Es en ese momento cuando se le rompe una nota, la única en todo el concierto. Sigue el saxo solo y tras él entran todos en bloque, de golpe, como si de una ola de mar se tratase. Y es que la sensación que transmite la música es la del vaivén del agua salada, un mar en el que el saxo es el velero. El protagonismo pasa a la guitarra de Jorge Abadías, que canta el solo mientras lo toca. Llegan al estribillo con muchísimo ritmo aunque el piano no se oye demasiado hasta que llega el momento de su solo, con batería y contrabajo de fondo. La intensidad va subiendo, el saxo sostiene una nota para que todos se fundan en ella. El mar sigue agitándose y el tema termina con la espuma de una ola: el susurro de los platos de la batería.

Después de los aplausos el segundo turno es para Gregor Samsa, una composición con el nombre del protagonista de La Metamorfosis de Kafka. Empieza con un ritmo fijo de piano y batería, una sonoridad a lo afro en la que guitarra y saxo llevan la melodía en una especie de duelo por ver quién la hace más complicada. El público, sentado en mesas bajas o apoyado en la barra, lleva el ritmo con la cabeza. Ya casi nadie habla, salvo el guitarra que vuelve a cantar mientras desliza los dedos por el mástil. La batería “camina” a la perfección: no deja que caiga el compás de los pasos de Gregor Samsa, algo en lo que ayuda el contrabajo. Los semblantes de todos ellos están muy serios aunque al llegar al final se ríen y lanzan miradas cómplices. Son un grupo unido, suelen tocar juntos en otras formaciones y están acostumbrados unos a otros. Alberto Arteta tenía en la cabeza quién tocaría cada instrumento a la hora de componer.

Es ahora cuando Arteta agarra el micro para dar la bienvenida y presentar a los músicos. “Cuánta gente, cómo se nota que no hay fútbol”, bromea. Sabe por experiencia que el jazz en Pamplona no atrae demasiado público.

Pasan a la tercera de la noche: Song for Aitziber. La guitarra suena con reverb, una especie de eco que le da un toque épico, casi de banda sonora. Parece la música de una secuencia a cámara lenta de una película amarga, de esas en las que la chica apoya la cabeza en la ventana del tren mientras llueve. Piano y saxo se zambullen en esa línea lenta e íntima llevando la melodía. Hay quien no para de hablar al fondo del bar, dan ganas de decirles que se callen, que se dejen invadir por la música, que te invita a respirar más lento, al compás de los dibujos que Juanma Urriza traza en los platos de la batería. El tema se vuelve más enérgico, entra el saxofón con una nota fija y Kike Arza tiene su primer solo. Arteta se agacha para que se vea mejor al contrabajista; apoya la cabeza sobre una mano de modo que parece una versión poco ortodoxa de El Pensador de Rodin. Acaba el solo y se retorna a la atmósfera nostálgica del principio para terminar con una cadencia suspensiva, un final a medias.

Pero la tranquilidad dura poco, llega Garazi Gaua (Noche en el Garazi), tema dedicado al bar Mitad burla, mitad verdad, Arteta dice que allí han pasado muchas “noches de dolor”. Sube a tocar Ion Celestino con sus enormes patillas, su jersey rojo y su trompeta. Y los seis músicos lanzan el que es el tema más gamberro. La trompeta y el saxo se disputan la atención. Celestino cierra con fuerza los ojos mientras emite notas frenéticas y un señor enorme que no se había movido hasta entonces agita la mano al compás de esta canción que acaba con las notas de piano y contrabajo.

El siguiente es Bat (Uno), la composición que da nombre al disco. Saxo y guitarra entran con vehemencia, el piano da los acordes de base y, de repente, un parón. El saxo se hace con la línea melódica mientras el piano se dedica a hacer escalas resbaladizas. Se suceden un solo de piano, un repique de Urriza por toda la batería y brilla de nuevo el saxo, del que no paran de salir escalas a borbotones. Se ve a Kike Arza moverse como si su contrabajo fuera una pareja de baile con mucha cadera. Poco a poco la tensión se relaja y la música va apagándose. Tocan ahora On Pedro, que tiene un ritmo de esos que prácticamente obligan a chasquear los dedos. Todas las chicas que hay sentadas con piernas cruzadas mueven sus pies siguiendo el diseño rítmico del sexto tema de la noche, durante el que entran al bar algunos alumnos de jazz del Conservatorio Superior que llegan a tiempo para las dos últimas composiciones.

En Nekaezina (Nunca se cansó) Ion Celestino sube otra vez para colaborar en este tema con un feeling un poco más latino. Su trompeta se encarga de realizar melodías sugerentes que recuerdan a cuando una prenda se desliza hasta caer al suelo. La música se desnuda. El ritmo es cada vez más intenso hasta que parece que va a explotar, es entonces cuando saxo y trompeta dan una nota que mantienen hasta que la guitarra corta el tema con un final brusco.

Al escuchar Berandu baino lehen (Antes de que sea demasiado tarde) se ve que es cierto que Arteta quería pasar por varios estilos a la hora de componer. El tema está basado en un coral de J.S. Bach. Piano, saxo y contrabajo lo interpretan a trío, girados hacia el pianista de modo que crean un espacio más pequeño y familiar. Arteta se balancea sobre los pies mientras van dejando atrás a Bach. El aire fúnebre del comienzo del tema regresa y se pone punto final al juego con el barroco con una nota con vibrato. Y ahora, “el que quiera tocar, que se suba”.

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