Infierno

Hay una escena en la que se condensa el dramatismo sin necesidad de balas o sangre y sin apenas palabras. La pandilla entra en la taberna cantando y armando jaleo tras la cacería, uno de ellos se sienta al piano y comienza a acariciar las teclas. Los ruidos cesan y todos callan, atentos a la nostálgica melodía, que se convierte en un preludio triste de lo que vendrá a continuación, de la suma de los ruidos más horrendos: la guerra. El cazador (1978) es un drama que se convierte en un fantástico retrato de las emociones y debilidades humanas, además de un canto a la amistad y el heroísmo.


En una de las secuencias Nick (Christopher Walken) observa desde la ventana de un hospital de Saigón cómo se introducen a unos camiones multitud de ataúdes grises, fríos, impersonales. Llega un doctor para hacerle unas preguntas, no es capaz de contestar algunas y sus grandes ojos se llenan de lágrimas por la frustración, mientras balbucea y se agarra el pecho como intentando contener un fuerte dolor, uno de esos que no son provocados por una herida pero que son más profundos que el impacto de cualquier bala. Las consecuencias de la guerra pueden observarse con facilidad en el tullido Steven (John Savage), pero en realidad la figura que mejor refleja los posos que dejan el horror del conflicto bélico es la de Nick, que no se ve privado de ningún miembro sino de algo más valioso: las ganas de vivir y la identidad. Su vida está vacía de sentido, por eso y no por la codicia se dedica a jugarse la vida en la ruleta rusa, esa guerra a pequeña escala, un suicidio por turnos que hace las delicias de los morbosos, en su mayoría asiáticos, que son los únicos que aparecen sin un rasgo de humanidad. El hombrecito que se encarga de meter la bala en la pistola parece el diablo en la tierra, con su expresión resuelta al ofrecer la pistola a los “jugadores”. Por su parte los que apuestan son mostrados en una composición muy barroca, casi abalanzándose sobre los que juegan a la ruleta, como una jauría de lobos hambrientos, con sed de sangre humana. Como en la mayoría de películas bélicas, en El cazador hay un hueco para el patriotismo, que se refleja tanto en el himno americano que entonan los amigos en la última escena como cuando Nick advierte que su apellido no es europeo sino americano.

Resulta curioso que Cimino invierta más escenas en mostrar la ruleta rusa que la guerra en sí, quizá sea un modo de hacer ver que un conflicto bélico no se resume en batallas y ofensivas, sino que tras de sí deja una oleada de crueldad que deshumaniza a quien no tiene la fuerza suficiente. Es en las escenas de la ruleta rusa donde los intérpretes consiguen transmitir una densidad increíble de sentimientos a través de sus rostros, en los que se mezclan el terror a la muerte con la esperanza de que tras el gatillo no se oiga nada más. Pura agonía enfocada por la cámara en planos cortos. El director logra hacer patente que los soldados son simplemente hombres indefensos a través de un recurso tan sencillo como mostrarlos descalzos. Sin zapatos en un lugar que no conocen, intentando pisar más fuerte que el enemigo para conservar el bien más valioso: la vida.

Frente al infierno de la guerra el director sitúa el hogar, un pequeño pueblo industrial de Pensilvania sin mucho brillo, con una taberna en la que siempre parece que es de noche y una fábrica que provoca un ruido constante y atronador. A pesar de que el lugar no sea muy atractivo tiene todas las bondades de un hogar, empezando por el calor de los amigos, que queda patente en la boda. Sin duda el líder del grupo es Mike, un Robert de Niro que desborda energía y tiene una actitud paternal con sus colegas. Su actitud chulesca (en la misa se ríe cuando Steven se persigna, como mofándose de que confíe en la religión) va desapareciendo a lo largo de la película. Se convierte en el protector de sus amigos en Vietnam (lleva a Stevie a hombros cuando no puede mover las piernas y lo sacará después del hospital para veteranos), aunque no es inmune a los efectos de la guerra: al volver a casa no se mueve con soltura como solía hacerlo, sino que está rígido enfundado en su vestimenta militar, no es capaz de dormir en su antigua casa y tiene que irse a un motel. Mike es un superviviente como también lo es Linda (Meryl Streep), una bonita joven rubia que se va de casa porque su padre le maltrata y que solo necesita alguien que la ame. La complicidad entre ella y Michael está presente desde las miradas baile de la boda (amago de beso de Mike incluido) hasta la última escena, en la que sus ojos no dejan de encontrarse. Como dijo Linda, acaban reconfortándose el uno al otro.

Pero lo que de verdad reconforta a Mike es la caza. Las montañas aparecen como un paraíso brumoso acompañado de una música soñadora de aire eclesial que eleva el entorno hasta algo casi celestial. Mike adora la caza porque le permite sentirse fuerte, dueño de la vida de los ciervos a los que derrumba con una sola bala. En la segunda cacería, después de la guerra, Mike no cobra ninguna pieza. Tenía un precioso ciervo a tiro, pero le deja marchar. Ya cazó bastante en Vietnam, o quizá es que siente que allí fue él quien se convirtió en un animal a tiro. Parece que ha advertido que las armas no son el mejor juguete, no son un pasatiempo (basta con observar la expresión gélida de Mike cuando ve al hijo de Nick jugando con una pistola).

El heroísmo reflejado en la película no está relacionado con la guerra. Ser un héroe no es causar el mayor número de bajas, sino ser capaz de hacer miles de kilómetros para buscar a un amigo en una ciudad que se desmorona. No consiste en regresar a casa con medallas, sino en arriesgar la vida para volver al hogar con un amigo. Mike se convierte sin quererlo en alguien heroico cuando vuelve a Saigón a por Nick, quiere traerlo de vuelta y para eso no duda en sentarse en la pequeña mesa de madera del local clandestino donde se juega a la ruleta rusa bajo la única luz de una bombilla y la única esperanza de que su amigo lo reconozca. Pero Nick se ha sumido en una especie de nihilismo: su vida no tiene sentido, se reduce a presionar el gatillo de una pistola contra sí mismo. Ya está muerto, el horror de la guerra le robó el alma.

El cazador recorre la historia de una pandilla de amigos que ha de superar la barrera de la guerra para volver a sus vidas. Ellos quieren cambiar el sonido de los helicópteros y las bombas por el ruido de la fábrica de su pueblo, una nana comparada con los ruidos de la guerra. No quieren ver más las selvas y los lagos llenos de ratas de Vietnam, sino los altos árboles de las montañas y el agua cristalina cuya superficie pulida refleja las nubes. Regresan a casa pero no acaban de volver a la vida, han perdido un amigo y han sido testigos de que la vida humana para muchos se reduce a una pelea de gallos con pistola. A la par que ensalza la amistad en la figura de Mike, capaz de regresar al escenario más macabro para cumplir su promesa de no abandonar a Nick, el filme critica duramente la cara más amarga de la guerra: la degradación de la vida humana. Un espíritu que podría resumirse en una frase de John Fitzgerald Kennedy:

“El hombre tiene que establecer un final para la guerra. De lo contrario, esta establecerá un fin para la humanidad”.

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