Él baila solo

ÁNGELA IRAÑETA.- (septiembre 2013)La temporada 2013-2014 de la Orquesta Sinfónica de Navarra ha comenzado esta semana en Baluarte con un programa variado compuesto por tres obras de estilos bien diferentes: romanticismo, nacionalismos mejicano y húngaro, todas ellas bajo la batuta de Manuel Hernández Silva. Silencio y hágase la música.

Un piano de cola ocupa el centro del escenario, el intérprete sale a escena, saluda y se sienta de espaldas a los espectadores, mirando hacia la orquesta. Comienza la obra, el primer concierto para piano y orquesta en re menor de Johannes Brahms. El inicio es contundente, aunque poco a poco la música se vuelve apacible, hasta que las cuerdas vuelven con fuerza al tema principal. El pianista todavía no ha tocado una tecla, se ajusta la silla, la recoloca y la orquesta disminuye la velocidad y el volumen. Es entonces cuando el solista Javier Perianes, comienza a acariciar el Steinway mecido por las notas de los violines. A medida que la melodía del piano cobra más intensidad
la respiración del instrumentista se vuelve entrecortada, da la sensación de que más que un diálogo, lo que existe entre los violines y el piano es una lucha. Los vientos tienen el papel de árbitros, parece que el clarinete apacigua la furia de los contendientes, cuya melodía se vuelve más dulce.
Un acorde tajante finaliza el primer movimiento, tras lo que llega el Adagio, en el que el fagot tiene el protagonismo durante las primeras frases. Las notas del piano en el segundo movimiento tienen un aire nostálgico, da reparo moverse en la butaca por si un ruido estropea el momento del solo. Parece que la lucha entre la orquesta y el
solista ha terminado, la obra se torna relajada, aparece un dúo de clarinetes que llevan a pensar en una pareja en una pista de baile… Pero el piano vuelve a la carga con piruetas de semicorcheas que no son alegres, sino más bien un lamento, como si estuviera desolado por no tener compañero para la danza: él baila solo. El lamento deriva en un ritmo frenético: el tercer movimiento. Lo cierto es que el oyente no ha tenido un minuto de descanso, Perianes no ha dado tregua al instrumento ni al dramatismo, quizá ha jugado con un hilo demasiado tenso… aunque el público le concede la oportunidad de salir tres veces a saludar.

Tras el descanso llega Redes, una suite del mejicano Silvestre Revueltas, con una llamada de trompeta al inicio y unos bajos potentes que parecen imitar el sonido de un buque marítimo. Los violonchelos, por su parte, llevan un ritmo que recuerda a las danzas de los indios alrededor de la hoguera, solo que en este baile la orquesta está más unida. La segunda parte de la obra comienza con un acento lúgubre, que va desapareciendo. La orquesta cobra energía ayudada por los gestos del director, que no puede contener un grito digno de un tenista cuando la obra está a punto de acabar.

Suele suceder que el último baile es el que deja mejor sabor de boca, el mérito ha sido de la obra del húngaro Zoltán Kodály, las cinco Danzas de Galanta. En esta pieza los músicos se han movido con una coordinación que ha hecho fluir la música, con tintes árabes. La composición es perfecta para sorprender sin abrumar y se gana unos aplausos sinceros. Las luces se encienden y el público abandona los asientos color rojo oscuro hasta dentro de una semana.

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