Caricia al alma

Encontrarse con alguien después de años sin verle y que parezca que no ha pasado el tiempo. Mirar a los ojos a esa persona, sonreír y que el universo vuelva a estar en orden. Coger su mano y sentir una seguridad impenetrable, la certeza de tener algo más fuerte que la guerra, la fama o el dinero: amistad. Fred Zinnemann hace un recorrido por la vida de la dramaturga Lillian Hellman que rememora su pasado, en el que su amiga Julia ocupa el punto más alto. Julia (1977) es el retrato de una profunda amistad que intenta superar las circunstancias, que no se deja amilanar por una guerra y se mantiene sólida a pesar de los kilómetros.

La historia se abre con una imagen en tonos azulados que parece un cuadro: una barca en un lago ocupada por alguien que pesca. Desde allí la voz de la narradora, Lillian (Jane Fonda), comienza a rescatar momentos de su pasado al compás de una lúgubre melodía de cuerda, a contemplar desde la edad anciana las pinceladas de su vida. Todo se reduce a Julia. Sus recuerdos de adolescente la tienen de protagonista: en ellos Lilly escucha literalmente boquiabierta a una Julia (Vanessa Redgrave) que reniega de su mundo acomodado, que abre la puerta de la cancela de los caballos salvajes (como ella) y echa a correr, que es capaz de cruzar un tronco que pasa sobre el río sin tambalearse y que parece ver más allá que el resto del mundo (Julia constantemente le pregunta si comprende lo que le cuenta, Lillian siempre asiente pero lo cierto es que no acaba de entender).

En estas dos mujeres se reflejan dos posiciones ante la vida, algo que se ve sencillamente en las manos de las amigas cuando Lilly va al hospital vienés a ver a Julia: las manos de la escritora lucen una perfecta manicura roja mientras que las de la convaleciente están vendadas (Julia nunca luce maquillaje ni ropa llamativa, un símbolo de pureza y quizá también del ambiente gris de la Europa en la que se mueve). Julia es un auténtico torbellino que no duda en marcharse a estudiar a Viena en el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial, en salir a defender lo que cree justo y ofrecer su mano a los que necesitan ayuda. Esa vocación se refleja también en la carrera que elije, medicina, probablemente a raíz del viaje a El Cairo con sus abuelos en el que el apolillado anciano dijo que no ayudaba a los enfermos porque él no los había hecho enfermar. Paga su constante valentía con una pierna de madera, pero a pesar de estar desvalida, sus pasos son más firmes que los de Lilly, que no se vale por sí misma: la escritora necesita más apoyo que el de unas muletas, depende de la aprobación de los demás y no confía en sí misma, algo que se ve cuando le pregunta varias veces a Dash (Jason Robards) si está seguro de que la obra es buena cuando él ya le ha dicho que es lo mejor que alguien ha escrito en mucho tiempo.

Lilly se queda en América aislada en su casita en la playa, intentando terminar su obra y rodeada de un círculo de burgueses desapegados de la realidad social, como Anne Marie (Meryl Streep), que envuelta en un extravagante vestido rojo y un manto de piel se pregunta por qué la gente va a luchar a Europa, una crítica a la pasividad de las clases acomodadas, algo que también se aprecia cuando, a la vuelta de una fiesta en París, Lilly y sus amigos pisan el suelo que los empleados del hotel acaban de fregar o en la visión de Julia que tienen sus amigos. Ceen que ha ido por el camino erróneo, uno de ellos dice que “se convirtió en una socialista lunática regalando todo su dinero”, esa es la visión de un ciudadano acomodado que solo ha visto el sufrimiento ajeno en fotos.

Aunque Lilly no sea tan valiente como su amiga, lo cierto es que por Julia es capaz de cualquier cosa. A través de las miradas entre ambas mujeres Zinneman transmite toda la fortaleza de un lazo casi fraternal. Los primeros planos que recogen el brillo de las miradas y sonrisas de ambas de la mano de la química entre las actrices consiguen establecer un ambiente mágico entre las dos, una conexión fortísima. De hecho en las dos ocasiones en que Julia es atacada (el asalto a la Universidad en Viena y su asesinato) Lilly abre los ojos de modo desmesurado, como si sintiera que ha ocurrido algo malo. La secuencia de la muerte de Lilly está confeccionada de modo magistral, jugando con el sonido de latidos del corazón y una música inquietante que cesa de modo brusco cuando Julia cae al suelo. El director es capaz de transmitir la muerte más trágica sin una gota de sangre. La cámara tampoco enseñará el cadáver de Julia en el ataúd, sino que enfocará a una Lilly con ojeras y los labios agrietados a la que se le caen las lágrimas al acariciar el cuerpo inerte de la que fue la mujer más vital, con el sonido de un viento fuerte de fondo (ahora que Julia ha muerto el corazón de Lilly se queda a la intemperie).

Otra de las escenas muy bien concebidas es esa en la que aparecen las dos amigas charlando en Oxford. La cámara se aleja de ellas abriendo el plano, la narradora menciona a Hitler y Mussolini mientras que las figuras de las dos mujeres se hacen más pequeñas, algo que se traduce como las circunstancias políticas poniéndose por encima de lo personal. A pesar de las convulsiones que sufre el mundo en la época en que ellas se mueven siempre intentarán verse una vez más. Lilly parece ser la más miedosa de las dos, pero tiene un arrojo indestructible si se trata de ayudar a Julia, que es más que una amiga: una hermana y, quizá, una musa, ya que la obra de teatro de Lilly, The children’s hour, es la historia de dos profesoras acusadas de mantener una relación, y hay quien piensa que Lilly y Julia estaban juntas. Quizá su unión es tan fuerte que puede confundirse con el amor.

Julia es una oda a la amistad como motor de la vida, como lo esencial (ni siquiera la fama es importante, como recuerda Dash “es una capa de pintura”), como algo que tiene la capacidad de traspasar fronteras y sanar heridas. En palabras de Gabriel García Márquez, “un verdadero amigo es quien te toma de la mano y te toca el corazón”. Cada vez que ellas se dan la mano, es como si se acariciaran el alma.

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