Billar y castigo

El film de Robert Rossen puede resumirse en una escena, esa en la que la cámara graba a Sarah vagando entre el gentío de una fiesta con la única compañía de una copa, con una expresión ausente digna de las figuras de los cuadros de Edward Hopper. Como ella, todos los personajes de la película están perdidos, a cada uno le falta algo, ya sea amor, confianza o compasión, y todos participan en esta coreografía en blanco y negro en la que los débiles caen. Más allá de las mesas de billar, El buscavidas es un drama que desemboca en la redención, pero ese es el último paso de baile de una verdadera danza de la muerte.


Sarah está sola. Baila sola y cae sola. Vive en ese apartamento destartalado (que aún así resulta el interior más acogedor de toda la cinta) que se acaba convirtiendo en el único reducto de felicidad de la película. Conoce a Eddie Felson, el (anti)héroe que desperdicia su talento para el billar americano de apuesta en apuesta, dejándose por el camino la confianza en sí mismo y en los demás (esto último lo deja claro al pronunciar, irritado, “todos quieren algo de mí” cuando su socio lo busca para retomar el negocio de estafar jugando al billar). Sarah quiere apartar a Eddie de la luz de las lámparas de los salones de billar, lo acoge, lo lleva al campo y le dedica un “te quiero” que no obtiene respuesta. La frágil mujercita, interpretada de modo magistral por Piper Laurie desde el movimiento de las cejas hasta la leve cojera, acaba perdiéndose a sí misma en el intento de rescatar a ese hombre del que se ha enamorado. Sabe que está desamparado, algo que el espectador advierte en una escena tan sencilla como esa en la que Eddie, con los brazos escayolados, no puede soltarse la camisa y tiene que dejar que Sarah lo haga por él. Al igual que hiciera la Sonia de Fiodor Dostoievski en Crimen y Castigo, Sarah trata de redimir a su amado, aunque con tan mala suerte que solo lo consigue después de muerta.

Si el alter ego de Sarah es la benévola Sonia, Eddie ocuparía el papel de Raskólnikov, versión americana. Un hombre sin conciencia, en este caso sin reparos en hacer de la estafa su medio de subsistencia. La fuerza de los ojos de Eddie (un resplandeciente Paul Newman que presenta un amplio registro interpretativo, desde la sonrisa pícara la primera vez que ve a Sarah hasta el semblante horrorizado al descubrir su cadáver) no se pierde en toda la cinta. La mirada del jugador de billar destila superioridad, arrogancia y travesura. Hay un momento de maestría del realizador, que sabe aprovechar la fuerza de las miradas, ocurre cuando Minnesota Fats (Jackie Gleason) aparece en un salón buscando a Eddie para retarlo al billar. Las pupilas del gordo se posan en los ojos de uno de sus compinches, este mira al hombre del mostrador, quien finalmente dirige sus ojos a los de Eddie, siempre la figura central. El montaje tiene otro punto fuerte en la secuencia que muestra la competición entre estos dos jugadores, en la que se encadenan planos del reloj avanzando con otros de las jugadas, los rostros de los contrincantes y el dinero de las apuestas pasando de unas manos a otras. Este no es solo un modo de aligerar (gracias) la que hubiera sido la secuencia más larga de la película, sino que mediante este recurso al encadenado se imprime ritmo a la acción.

Al hablar de ritmo no se puede dejar de lado la banda sonora de Kenyon Hopkins. El compositor apuesta por temas jazzísticos que acompañan los pasos de los personajes y sus estados anímicos. Al igual que la sonrisa de Eddie va desapareciendo conforme transcurre la película, la música se torna más seria. El saxofón alto que abre el primer tema de la cinta con notas alegres que revolotean es sustituido al final por la melodía nostálgica de un saxofón soprano, más agudo. Saxo, piano y percusión son los timbres que más se escuchan, además de alguna melodía de flauta travesera y oboe, todo ello mecido sobre las notas veladas de las trompetas con sordina, un cóctel que suena casi siempre triste y añejo. No solo la música juega un papel importante, sino que el silencio también es protagonista en algunas ocasiones, como después de ese primer beso entre Eddie y Sarah.

En la (larga) coreografía que es El buscavidas ambición, romance y tragedia se dan la mano para hacer cabriolas y los personajes chocan entre ellos como lo hacen las bolas de billar. La película se cierra con la muerte de Sarah, que provoca a su vez el nacimiento de la confianza y la conciencia en el interior de Eddie. Al final, Dostoievski estaba en lo cierto:

“La naturaleza puede ser corregida, enmendada, pues de no ser así quedaríamos sepultados bajo los prejuicios.

Sin eso no habría ni un solo gran hombre”

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