Apagar la guerra Fría

Tras la II Guerra Mundial Alemania queda partida por la mitad: a un lado la Kremlin Cola y al otro el imperio del Tío Sam. En esta comedia monocromática Billy Wilder consigue hacerse con la sonrisa del espectador a través de unos personajes muy definidos y una constante dialéctica entre comunismo y capitalismo que se traduce como una caricatura de ambos sistemas. “Al diablo con Khruschev”. “Al diablo con Frank Sinatra”.

El humor impermeable de esta cinta se debe en gran medida a los intérpretes. El señor MacNamara (James Cagney) se sienta en su despacho de la compañía Coca Cola en Berlín Occidental. Es un hombre decidido, algo que no solo se ve en sus fuertes pisadas cada vez que entra a la oficina, también en su forma de dictar los comunicados a su rubia secretaria (amante a tiempo parcial) o en la firmeza de la que hace gala al hablar con su mujer. Toda esa autoridad desaparece cuando le llaman desde Atlanta para pedirle que deje las negociaciones con el mercado soviético. Es entonces cuando se amilana, sus ojos se mueven como buscando una solución, la situación se le ha ido de las manos. A partir de ahí MacNamara pierde y recupera el control constantemente (si consigue una negociación, le desautorizan, si encuentra a la hija de su jefe, resulta que se ha casado), dinámica que da mucho juego al filme. El ritmo, que en gran medida se mantiene igual a lo largo de la película, se vuelve frenético cuando se acerca el final.

MacNamara se toma en serio el hacer del comunista alguien presentable y comienza a pedir camisas, corbatas, sombreros y derivados con una voz decidida y a una velocidad que arranca la risa del espectador, que tras el recorrido de la película ha simpatizado con ese hombre corpulento que después de todo, como se ve en la última escena con su mujer y los niños en el aeropuerto, tiene corazón. Por otro lado está la jovencita Scarlett Hazeltine, que viaja a Berlín por orden de su padre. Pamela Tiffin se pone en la piel de esta adolescente que baja del avión tonteando con la tripulación y acaba el filme casada, embarazada y con un aspecto más maduro (lo que se aprecia no solo en su cambio de actitud sino en el de vestuario, el pelo alborotado y el abrigo enorme con que aparece la primera vez son sustituidos por un recogido y vestidos). La actriz consigue interpretar a la perfección a esa chiquilla enamoradiza, sus ojos y gestos dan verosimilitud al romance, de hecho el comunista y la heredera de Coca Cola no hacen mala pareja…

Al hablar de los personajes no se puede dejar de lado a Schlemmer (Hanns Lothar), una figura que acaba siendo el bufón de la comedia con sus gafas enormes y sus exagerados gestos militares cada vez que saluda al jefe (o cuando se para bajo el reloj de cuco como si el Tío Sam fuera su general). Tampoco puede olvidarse la figura de Phyllis MacNamara, un ama de casa desencantada que trata a su marido con una ironía deliciosa, como cuando le contesta “sí, mein Führer” o cuando le cuenta que Scarlett ha desaparecido.

Los personajes están acompañados de la música de André Previn, que abre el filme con la Danza del sable del compositor Aram Khachaturian, una obra orquestal que suena a can-can con cierto toque oriental y circense. Esta pieza se dejará oír a lo largo de la cinta, la interpreta la orquesta del hotel al que MacNamara acude para intentar sacar a Otto de Berlín Oriental. También suena en la teatral secuencia en la que, a ritmo frenético (Otto todavía no se ha puesto los pantalones), MacNamara, el joven matrimonio y el resto de la comitiva salen en coche hacia el aeropuerto. Previn recurre casi siempre a música de orquesta, como las notas de violines y trompetas que acompañan al chófer cuando este sube a la carrera las escaleras de la compañía para abrir el ascensor o la melodía marcial que se deja oír cada vez que el jefe entra en la oficina. Más allá de eso hay una tonadilla que se repite cada vez que sale del reloj de cuco la figura del Tío Sam. El recurso a esa melodía, que cada vez se acelera más, es otro de los guiños al espectador que coloca Wilder en su obra, una burla más: meter el capitalismo en un reloj de cuco.

El director combina los elementos a su disposición para crear un retrato grotesco de los dos titanes que pugnaban en su tiempo: capitalismo y comunismo. El capitalismo se resume en la figura de MacNamara, el hombre de negocios que busca ascender en la compañía y quiere dinero a cualquier precio, no le importa si para ello sacrifica la felicidad de su mujer. Su despacho está decorado con un enorme mapa que muestra el avance de la Coca Cola en el mundo, la zona soviética está todavía sin conquistar. Wilder establece la dicotomía entre los dos sistemas desde el comienzo, cuando presenta la zona oriental de Berlín critica que se pasan el día desfilando, al hablar de la zona occidental dice que están ocupados reconstruyendo y que esa zona “disfruta de las bendiciones de la democracia”, es justo con esa frase cuando aparece un cartel publicitario de la bebida refrescante.

Los diálogos son muy irónicos y no solo buscan ser graciosos, también críticos, como es el caso de la respuesta de MacNamara cuando los rusos le ofrecen como pago la suscripción al ballet: “Nada de cultura, solo efectivo”. Con estas palabras no solo se establece un reproche a la sociedad consumista americana, también a la propia industria de Hollywood. Wilder no solo caricaturiza ambos sistemas sino que deja ver que se influyen entre sí, cuando el guardia de la puerta de Brandenburgo rompe el cuello de la botella de Coca cola contra una señal, pero se la bebe o en el momento en el que uno de los rusos pide al director del grupo de música del hotel más rock and roll (que precisamente es música de origen americano). Si el capitalismo se encarna en MacNamara, el comunismo se deja ver en el grupo de tres negociadores rusos (quienes quedan en ridículo por su acento exagerado y su actitud babosa con la secretaria) y en la figura del Otto, que pasa de estar comprometido con la ideología comunista a estarlo con su paternidad (quizá un modo de hablar del comunismo como un régimen irreal, propio de la irracionalidad juvenil que algún día tendrá que madurar y sentar cabeza).

El joven comunista asegura que no renunciará a sus principios, pero acaba renegando de su carnet del Partido Comunista, cambiando sus sandalias por zapatos italianos y su gorra por un bombín. ¿Y todo eso por qué? Por amor. Y es que Wilder actúa con maestría al introducir el romance en la cinta, una llama en medio de la Guerra Fría.

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